Nuevos Miembros

El pasado 9 de abril, en una solemne ceremonia, fueron incorporados 5 nuevos integrantes a CIESCO; ellos son el Prefecto Inspector (r) Roy Farías Dee, el Prefecto Inspector (r) Maximiliano Mac-Namara Valderrama, el Prefecto (r) Cristian Robledo Rojas, el Subprefecto (r) Juan Medel Salazar, y el Comisario (r) Juan Retamales Pardo, quienes lograron una destacada trayectoria profesional en la PDI.

 

En la oportunidad, el Director de CIESCO, Sr. René Castellón Argote, junto con dar la bienvenida a los nuevos miembros, destacó la imperativa transición desde un modelo de investigación reactivo hacia uno de estrategia proactiva frente al crimen organizado, través del siguiente discurso de bienvenida:

 

“En el ejercicio de la investigación criminal en Chile, muchos de nosotros fuimos formados bajo un paradigma que hoy parece lejano, casi ajeno a las dinámicas contemporáneas del delito. Aprendimos a indagar hechos ya consumados, a reconstruir el pasado a partir de vestigios, declaraciones y evidencias cuidadosamente valoradas. Era el tiempo del sistema inquisitivo, regido por el Código de Procedimiento Penal, donde los jueces, a través de órdenes de investigar, delegaban en los detectives la tarea de esclarecer los hechos.

 

Aquel modelo, vigente formalmente desde el 19 de febrero de 1906, descansaba en la lógica de la prueba tasada: la confesión, el testimonio, la inspección judicial, los peritajes, los indicios y los documentos, constituían los pilares de la verdad procesal. El detective era, en esencia, un reconstructor del pasado. No había espacio para anticiparse al delito; investigar lo que estaba ocurriendo y menos aún lo que estaba por ocurrir, simplemente no formaba parte de nuestras facultades ni de nuestra cultura institucional.

 

Sin embargo, el mundo cambió. A partir de la década de 1970, la irrupción del crimen organizado transnacional, la mafia, los carteles de la droga, comenzó a evidenciar las limitaciones estructurales de los sistemas tradicionales de investigación. La ciudadanía, a través de los medios de comunicación, tomó conciencia de un fenómeno criminal mucho más complejo, sofisticado y violento. Las herramientas jurídicas existentes resultaban insuficientes para enfrentar organizaciones que operaban en redes, que infiltraban economías y que desafiaban abiertamente al Estado.

 

En este contexto emergió un hito fundamental: la promulgación, el 15 de octubre de 1970, de la Ley RICO en Estados Unidos. Esta normativa revolucionó la persecución penal al permitir algo hasta entonces impensado: investigar organizaciones, no solo delitos individuales. Introdujo herramientas como el uso de informantes, la vigilancia sistemática, la interceptación de comunicaciones, la protección de testigos y la figura del arrepentido (Colaborador eficaz). Por primera vez, la justicia pudo alcanzar a los líderes criminales, incluso cuando no ejecutaban directamente los ilícitos.

 

Una década después, el impacto fue profundo. Estados Unidos e Italia lograron desarticular estructuras mafiosas históricas, llevando ante la justicia a centenares de delincuentes que, hasta entonces, parecían intocables.

 

La comunidad internacional no tardó en recoger estas experiencias. La Convención de Viena de 1988 marcó un punto de inflexión al recomendar a los Estados la incorporación de nuevos delitos, como el lavado de activos y, especialmente, la adopción de métodos especiales de investigación. Se trataba de un cambio de paradigma: pasar de una investigación reactiva a una estrategia proactiva, capaz de infiltrarse en las estructuras criminales.

 

Chile no quedó ajeno a esta transformación. A fines de 1992, bajo la conducción visionaria del Director General de la Policía de Investigaciones, don Nelson Mery Figueroa, se dio un paso decisivo. Se envió a un grupo de jóvenes oficiales a capacitarse en Italia y Estados Unidos, donde conocieron de primera fuente estas nuevas metodologías. A su regreso, trajeron consigo no solo conocimientos técnicos, sino también una nueva forma de comprender el fenómeno criminal.

 

Así nacieron los primeros analistas criminales y especialistas en vigilancia moderna. En la Brigada Antinarcóticos de Santiago comenzó a gestarse un cambio silencioso pero profundo: ya no solo se investigaban distribuidores de drogas, sino también estructuras, redes y personas. Se comenzó a identificar las operaciones con un nombre, surgió el concepto de “blancos de interés”, reflejo de una mirada estratégica que buscaba desarticular organizaciones completas y no solo esclarecer hechos aislados.

 

El gran salto institucional se consolidó el 12 de enero de 1995, con la promulgación de la Ley N.º 19366. Esta normativa no solo tipificó nuevos delitos, como el lavado de activos y la conspiración, sino que incorporó formalmente en el ordenamiento jurídico chileno los métodos especiales de investigación: agentes encubiertos, informantes, entregas controladas, interceptaciones telefónicas y el uso de medios técnicos para registrar imágenes y comunicaciones.

 

Por primera vez, la ley permitió mirar hacia adelante. El éxito de estas herramientas fue tal que, en el año 2000, su lógica fue integrada al nuevo código procesal penal, consolidando un modelo acusatorio moderno, más dinámico y eficaz frente a la criminalidad compleja.

 

Este proceso no fue solo un cambio normativo; fue, ante todo, una transformación cultural. Emergió una nueva generación de detectives, marcada por el trabajo en equipo, la especialización, el análisis criminal y el uso intensivo de tecnologías. Detectives que comprendieron que el delito ya no podía enfrentarse únicamente desde la reacción, sino desde la anticipación y la inteligencia policial.

 

Han transcurrido más de tres décadas desde aquel punto de inflexión. En ese tiempo, generaciones de hombres y mujeres han dedicado su vida a esta tarea silenciosa, muchas veces anónima, pero esencial para la seguridad del país. Muchos de aquellos pioneros hoy se encuentran en esta sala, pero su legado permanece intacto. Fueron ustedes quienes abrieron camino, quienes asumieron el riesgo de innovar, quienes enseñaron, con rigor y vocación, a las nuevas generaciones.

 

La historia no los ha olvidado. Hoy, el Centro de Investigación y Estudio del Crimen Organizado (CIESCO) se proyecta como un espacio de estudio, de encuentro, memoria y proyección. Un lugar donde la experiencia acumulada durante más de treinta años no solo se preserva, sino que se transforma en conocimiento útil para seguir sirviendo a Chile desde un nuevo espacio.

 

Porque la lucha contra el crimen organizado no termina;  porque crece y evoluciona. Y en esa evolución, la memoria de quienes iniciaron este camino no es solo un recuerdo: es una guía.

 

Queridos camaradas, bienvenidos al CIESCO.”